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Entrevista a uno de los más grandes especialistas del paisaje y la montaña, Eduardo Martínez de Pisón: “la montaña nos da una recompensa moral”.

Eduardo Martínez de Pisón nació en Valladolid, España, en 1937; es Catedrático Emérito de Geografía de la Universidad Autónoma de Madrid, así como geógrafo, escritor y alpinista. 

En 1991 recibió el Premio Nacional de Medio Ambiente en España y es considerado uno de los más grandes ecologistas y especialistas en temas de paisaje del mundo. Corresponsal para España del World Glacier Monitoring System (Sistema Mundial de Monitoreo de los Galciares), fue presidente del Comité Científico para la Investigación en la Antártida, fue asesor geográfico de documentales de televisión en el Polo Norte, Alaska, Siberia, Desierto de Gobi, desierto de Taklamakán, montañas de Asia Central, Ruta de la Seda, Karakorum, Himalaya y Transhimalaya, Tíbet, o el desierto Líbico. 

La lista es interminable pero, sin duda, una de las características más significativas de Eduardo Martínez de Pisón es la larga trayectoria y el sin número de experiencias que ha vivido en las montañas. Como investigador, Martínez de Pisón salió de los laboratorios y las bibliotecas para adentrarse en lo más profundo de los paisajes pirenaicos, en su región, y así vivirlos directamente. O como especifica él mismo, es más probable el hecho de que llegó a las bibliotecas por esa pasión que ya habían despertado en él las montañas.

¿Por qué la montaña nos atrae? ¿cuál es la experiencia en la montaña? ¿qué es el paisaje? ¿qué es el pensamiento paisajístico y geográfico? son preguntas que encuentran su respuesta en las más de 500 publicaciones que Pisón posee. No obstante, Freeman le realizó una entrevista a Martínez de Pisón con la finalidad de obtener, aunque sea, una pequeña pincelada de la profunda sabiduría del español.

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Freeman (F): Estimado Eduardo, muchas gracias por darnos la oportunidad de platicar con usted. Es un privilegio. De entrada, nos gustaría preguntarle, ¿cómo llegó usted a la montaña y a la geografía?

Eduardo Martínez de Pisón (E): Desde que tengo memoria he ido a la montaña, fundamentalmente al Pirineo aragonés. Pero también el Guadarrama, el Teide, el Karakórum, los Himalayas me han llamado. 

En principio la montaña me llevó a la geografía, tenía necesidad de recorrer las montañas. Me hacía preguntas, ¿esto por qué? ¿por qué hay tal o cual? y entonces llegué a la geografía, que me fue dando las respuestas. He vivido entre la montaña y la geografía. Muchas veces voy a la montaña sólo para responder mis preguntas de geografía; es un tipo de conquista intelectual, científica, como un tren que va recorriendo estaciones.

Ahora, a mis 81 años, ya no sé si voy a la montaña por geógrafo o si soy geógrafo por las montañas (risas).

(F): Cuéntenos, ¿qué es el paisaje? ¿cómo se define?

(E): Bueno, el paisaje es algo más que el territorio, es decir, no es únicamente lo que se “ve”, el horizonte o el entorno. Es más que eso, el paisaje es territorio y cultura, y la integración de ambas.

El paisaje tiene contenidos, tiene significados, no es solamente el hecho bruto que tú puedes tomar, que también lo es. El paisaje es nuestro cuadro. Es nuestro cuadro y nuestra referencia. El hombre es circunstancial. Ya lo decía Ortega: “yo soy yo y mis circunstancias”. Y si no les salvo a ellas, no me salvo a mí mismo. Pues yo soy yo y mi paisaje, si no le salvo a él no me salvo yo. Si tú no salvas tu paisaje, te pierdes.

Y el paisaje del alpinista o montañista me hace pensar en la frase del matemático G. H. Hardy: “el proceso mental del matemático es cercano a la del alpinista, plantea los lugares por los cuales acceder.” Así, el alpinismo tiene algo de conquista intelectual y no sólo física, su quehacer es una empresa de carácter espiritual e intelectual, pues se debe aprender a leer las montañas.

(F): ¿Por qué la montaña nos atrae? ¿cuál es la experiencia, en términos generales, que tenemos en la montaña y que nos hace querer volver a ella siempre? ¿qué la hace ser distinta a otro tipo de experiencias de la vida cotidiana?

(E): Llegar a una cumbre sólo tiene una recompensa, la moral. Esa misma experiencia llena la vida.

Es decir, estar en la montaña, en la naturaleza, rodeados de paisajes magníficos, es absolutamente inútil desde el punto de vista práctico, pues con ello no cumplimos ninguna de nuestras necesidades básicas -alimento, cobijo, hidratación-. A las montañas vamos simplemente por la calidad de la experiencia obtenida y esto es suficiente para que dicha experiencia tenga algo significativo en la vida.

El montañismo y el alpinismo nos brindan una experiencia que tiene una recompensa única, moral, como ya mencioné. Uno sólo se entrega a lo que ama y eso, de alguna manera, nos convierte en mejores personas.

(F): Como montañistas, ¿por qué es importante aprender a ver el paisaje?

(E): Vivimos en el paisaje, somos parte de él, es inevitable, hay paisajes urbanos, paisajes campestres, fluviales. Forman parte de nuestra propia experiencia de la vida, es lo propio del ser humano.

Particularmente el paisaje de montaña es una fuente de satisfacciones sin límite que, además, proporciona un disfrute de la vida mucho mayor,  pero hay que aprender a mirarlo. Cuanto mejor es nuestra capacidad de observación y de “estar ahí” en todos y con todos los sentidos, la recompensa es más profunda.

En la montaña entendemos de otro modo la dimensión de las cosas, las proporciones, pero para ello, hay que estar dispuestos.

(F): ¿En la montaña, cómo se aprende a ver el paisaje?

(E): En primer lugar, debemos entrar en la montaña con la mirada panorámica, es decir, no sólo enfocar la concentración y los sentidos a la acción propia, sino a todo lo que nos rodea, la roca, la nieve, el hielo, la atmósfera, los aromas. Si todo lo anterior lo sabemos entender, recibiremos mucho más placer.

Si comprendemos que un río, por ejemplo, no sólo es un obstáculo que debemos cruzar, tanto mayor será nuestra relación con él. Igualmente, cuanto mayor interés le concedemos al paisaje alpino, que es un paisaje vertical, la recompensa moral será mucho mayor, pues nos hermanamos con el mismo. El paisaje en la montaña es más amplio que lo que se recibe en relación al ascenso.

Se debe saber ver, escuchar, tocar, mirar; de este modo la experiencia es acumulativa. La mirada paisajística es también una mirada pragmática, complaciente, amorosa. Por ejemplo, una tormenta que en medio de la montaña puede presentarse peligrosa, puede también ser percibida como sublime; esta es la mirada que torna las cosas al lado bueno y bello.

 Dibujo de Eduardo Martínez de Pisón, hecho en el Nanga Parbat, Himalaya
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(F): Por otra parte, ¿qué opina sobre la masificación de las montañas como un hecho social, cultural, histórico y económico de la actualidad?

(E): El montañismo y el alpinismo se han caracterizado históricamente por tres experiencias esenciales: de la soledad, la otredad o lo remoto y la inutilidad. 

La montaña ha sido durante mucho tiempo el lugar para experimentar la soledad; ese era su ingrediente. En alta montaña, incluso esa experiencia se intensificaba, por la susceptibilidad a la que los alpinistas se enfrentaban. La soledad era una de las formas de presentar el desierto de las personas.

Asimismo, las montañas representaban un territorio desconocido, remoto, lejano. Era lo otro, una otredad que acogía, que brindaba el sentimiento de aventura y exploración. 

Por último, pienso en el escritor del Principito, Antoine de Saint-Exupéry, quien afirmó que los mejores ratos de su vida habían sido los inútiles; también me viene a la mente el clásico de literatura de montaña Los conquistadores de lo inútil de Lionel Terray. Sí, como mencionaba al comienzo de la entrevista, las montañas son un espacio para adentrarse en el placer de lo inútil. Pasar hambre, frío, incluso congelamientos e inanición, sentirse perdido, arriesgar la seguridad, todo ello es inútil pero brinda una vivencia que enriquece la vida misma.

Las expediciones comerciales de alta montaña son una nueva modalidad del turismo. Hay que tener una forma física pero todo lo demás te lo dan hecho.

Cuando el alpinismo se convierte en algo más económico pierde esas cualidades. La dimensión de la soledad, el reto con la naturaleza, la experiencia de aventura, se disuelven. 

El turismo de montaña es todo menos inútil, posee claros fines económicos y es insaciable, siempre en busca de nuevos mercados. En la base del Everest hay reglas para controlar la contaminación del agua, hay policía, bares, se convierte en una ciudad con sus claros y sus oscuros. Esto trae muchas secuelas, basura, accidentes, el gregarismo que está creando condiciones sociales distintas.

Así, el sentido de lo remoto se ha perdido. Ya no hay confines, no hay exploración, en ningún lado; el hombre se lo ha tragado con su capacidad de conquista del territorio.

(F): Por último, ¿qué solución vería usted para lo anterior, para el turismo de montaña masivo?

(E):  No creo que el crecimiento por la afición al alpinismo sea en sí mismo un mal, pues produce beneficios físicos y morales. Pero el alpinismo no es turismo, es otra cosa. 

Hay espacios a los que no se deberían acceder mecánicamente. ¿En qué sentido? Precisamente a través de la experiencia de aventura en lugares remotos y en paisajes de alta montaña, el hombre cobra consciencia de su tamaño y su lugar en el planeta. Es fundamental el respeto a lo otro, que nos acoge, y no transformarlo a lo mismo, a lo nuestro, a lo que “tenemos bajo control”. Debemos dejar la otredad en su lugar.

Urge proteger los territorios de montaña, ¿cómo? controlando el acceso y el modo en que se realiza. Son paisajes frágiles, esto hace que se extreme el cuidado y exige que se les conozca a nivel geográfico, pero también cultural, histórico. 

Finalmente, la montaña sitúa al hombre pero el hombre moderno no quiere ser pequeño. Tiene miedo de ser pequeño. El alpinista, en cambio, no sufre de ese mal.

(F): Le agradecemos su tiempo y su conocimiento. Un placer, estimado Eduardo. 

(E): Estamos para serviles.

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