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Empresa rusa posibilita subir a la cima del Everest a casi cualquier humano, mientras el gobierno de Nepal busca bajar 90.000 kilos de basura de la montaña.

Paradójica, así parece ser la naturaleza del ser humano.

Quizá en la ciudad, con la rutina cotidiana, las distracciones diarias, el consumo, las zonas de confort, en donde vivimos dentro de una especie de neblina de conductas automáticas y habituales, se pierde un poco (se olvida) la situación trágica que vive el planeta Tierra en términos ambientales. 

Pero en la montaña no. La montaña es, hoy por hoy, el lugar donde probablemente se hace más evidente el apetito voraz del hombre por consumirlo todo. En el buen, pero también en el mal sentido de la expresión. 

Seguramente el Everest constituye la montaña más emblématica en la historia de la humanidad, cuando de conquistas deportivas se trata, al ser la más alta del planeta. Para el 2016 se habían registrado casi 200 cadáveres de alpinistas abandonados que fallecieron en su intento por hacer cima. Y el Everest es también la montaña que mejor muestra la naturaleza paradójica del hombre.

Hace ya casi un siglo que el ser humano se encontró por primera vez por encima de los 8000msnm. Lo logró la expedición británica de 1922, precisamente en el Everest. Actualmente más de 400 alpinistas buscan conquistar la montaña cada año y en los últimos 50 años años lo han intentado más de 10 000 personas. 

No, los números no son tan desbordantes en relación a la cantidad de alpinistas, de cada rincón del mundo, que soñarían con la cima de este colosal (al Mont Blanc llegan unos 20.000 alpinistas cada verano).  Las razones, pueden ser dos. Lo costoso que resulta una expedición, y la corta ventana de buen tiempo que el Everest tiene al año (abril-mayo).

¿Cómo es que el Gobierno de Nepal se ha visto en la necesidad de resolver un problema tan grave como el de buscar los medios para descender 90,000 kilos de basura de la montaña? 

Sí, 90,000 kilos de basura. Sencillo: a esas alturas sobre el nivel del mar, cada gramo pesa más. No técnicamente, pero sí sumado al reto deportivo, la falta de oxígeno, el cansancio y demás factores. Además, la basura no se degrada a las bajas temperaturas a las que se encuentra la montaña. 

La fórmula puede medirse así: menor temperatura + mayor altura = cientos de alpinistas abandonando su basura en la montaña. ¿Justificable? Absolutamente no. 

En 2014, el Ministerio de Turismo de Nepal declaró que cualquiera que escale la montaña debe regresar de su trayecto con ocho kilogramos extra de basura, para eliminar las 50 toneladas de basura que alpinistas han dejado en seis décadas. Sin embargo, la norma no ha sido del todo respetada.

Simultáneamente, cada vez más empresas internacionales se suben al barco del apetito voraz por llegar a la cima del Everest. ¿Cómo? Facilitándole a los alpinistas el ascenso. Y ya hay empresas para todos los bolsillos. Incluso para los que buscan lo más lujoso.

La empresa rusa 7 Summits Club que, por unos 1.5 millones de pesos te brinda un paquete VIP con todo lo necesario para hacer cumbre: 2 sherpas (quienes cargan todo el equipo de expedición) y 12 botellas de oxígeno por alpinista, un sauna con internet, agua caliente, luz, TV a 5100msnm, dos campos base, a 7800 y a 8300msnm, completamente equipados, entre varios lujos más, para que, con el “mínimo” esfuerzo, los clientes puedan gozar de una selfie en la cima del Everest. 

Toda la información sobre el paquete que ofrece dicha empresa, puede encontrarse aquí. Bueno, casi toda. ¿Y la basura? 

México

Y probablemente nos fuimos lejos, escogiendo al Everest, para mostrar esa paradoja en la que el hombre se ve sumergido entre, “sentir el llamado de la montaña” como un lugar cuasi sagrado para desarrollarse tanto deportiva como espiritualmente y, a su vez, dejar a su paso una huella ecológica que difícilmente se borra.

En México, en nuestras montañas, el problema es similar. Basta ir a nuestros volcanes, desde el Monte Tláloc hasta el Pico de Orizaba, para encontrar, en cualquier rincón de los senderos, basura, deshechos fecales, caminos cada vez más deteriorados. 

Y cabría preguntar, ¿qué hacen las empresas guías de montaña con la basura de sus clientes? Cada año son más y más visitantes los que reciben las montañas mexicanas.

Veinticinco mil asistentes en un fin de semana en el Nevado de Toluca, deterioro de la zona arqueológica del Monte Tláloc ante más de tres mil observadores de la “Montaña Fantasma”, son tan sólo dos recientes ejemplos, pero la lista es larga. 

Políticas ambientales y educación efectivas son dos aspectos fundamentales y urgentes aquí y en cualquier lugar. 

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