Fotografía patrocinada por: PhotoSports México

Corriendo con los ojos cerrados y la mente abierta.

Texto: Rodrigo Masse

Llevo algunas carreras de trail, pero hasta ahora ninguna de noche, esta será la primera. Son las 5:00 pm y sólo faltan 2 horas para el banderazo de salida. En cualquier otra carrera, mi mochila estaría lista con agua y comida, hoy no es el caso.

Hace algunas semanas cené con una mujer que, en gran parte, cumplía con mis exigencias tanto superficiales como abstractas; le llamaremos Matilda para efectos prácticos. La plática con Matilda fluyó de manera natural, con todo y que el abanico de temas fue desde el triatlón hasta la religión. Al paso de los días, la comunicación fue perdiéndose y la segunda cita no llegó. Hoy sería la segunda vez que la vería y fue por esto que mi mente estaba más interesada en mi look que en el sistema de hidratación o, vaya, en mi propia alimentación.

Escuchando Conrad de Ben Howard y de camino al desierto de los leones, me invadió una mezcla de emociones de la cual los nervios, el miedo, la ansiedad y la felicidad se entrelazaron de manera casi indistinguible. Esta mezcla, no creo que pueda ser atribuida al 100% ni a Matilda ni a la carrera, pero sí estoy seguro que ese porcentaje se reparte de manera dinámica entre ambos elementos.

Ese místico lugar, dónde corrí por primera vez en montaña, se convirtió en un escenario digno del Quijote, al ver que Matilda había llegado acompañada. El duelo era inminente, pues esta vez Roger no esperó a que empezara la carrera para poner a prueba sus más innovadoras tácticas de guerra (para los que no conocen a Roger, es un mal necesario con el que estoy destinado a convivir y tiene por misión mi sabotaje: mi ego). Su primera jugada fue hacerme sentir más apto y veloz que Killian, antecedida por la trampa en la que me hacía sentir la persona menos digerible a la vista y apta para correr. No habían pasado ni 5 minutos y en mi mente ya había abandonado la carrera al kilómetro 3, y en escenario paralelo, recibía el premio al primero lugar. Todo esto pasa mientras estoy intentando sostener una plática y “mantener la situación bajo control”.

3, 2, 1… -grita el Güero (organizador del evento)- y como estampida, lo que nunca he acostumbrado, salgo corriendo con los punteros, entre ellos el acompañante de Matilda. No pasan más de 500 metros cuando estoy frente a unas escaleras con sabor a hierro por el esfuerzo realizado y por un costado pasa el acompañante. En ese momento comienza mi parte favorita de la carrera: el debraye, la tónica para la meditación o el camino para mi renacimiento.

“Qué tonto eres”… “Ni comida traes”… “Aquí nos pueden asaltar”… Roger no para de atacar con sus múltiples facetas y prueba diversas técnicas para que termine botando la carrera. Al principio fue el verdugo despiadado que me recriminaba todos y cada uno de los errores, después se puso su traje dramático, mostrándome los posibles escenarios a los que me podía terminar enfrentando.

Una serie de pisadas suenan tras de mi pero ningún destello de luz aparece, como es común, cuando otro corredor va a rebasar. Al momento de voltear, observo una silueta humana totalmente negra. El instinto de supervivencia se activa y el miedo dirige los movimientos, comienzo a correr con un paso más a prisa pensando la manera en que podré escapar de la tragedia.

Pocos minutos después giro la cabeza para revisar el terreno y no me encuentro con ninguna silueta. Roger mantiene la presión planteándome escenarios sacados de películas de suspenso hollywoodenses, intentando descifrar las movidas del “enemigo”, cuando se vuelven a escuchar el ritmo y las pisadas de mi colega. Pasa a mi lado sin playera y comentando cierta incomodidad física, a manera de justificación, creo yo, porque antes lo había perdido de vista. El miedo a ser acechado y despedazado en el bosque, terminó. Fue ahí donde se frustró una de las jugadas de Roger pero, para bien o para mal, le quedan algunas otras.

Casi llegando al clímax de la subida logré alcanzar a un par de corredores, con los cuales me sentí protegido. Ante cualquier tipo de amenaza, el riesgo se repartiría entre los tres. Para estos momentos la frecuencia cardiaca iba estabilizándose poco a poco y una jugada más de Roger se iba frustrando.

Tomando un paso disfrutable, llegamos al punto más inclinado de la carrera, ahí no había cabida para los ataques de Roger, pues un paso en falso y las consecuencias podrían ser poco agradables. Durante esos 800 metros, lo único que quería era llegar a una cima que no podía verse. Al pasar del tiempo y algunas pisadas después, un par de sujetos nos avisaban con entusiasmo que habíamos llegado a San Miguel (punto más alto de la carrera). Todo lo que viene es bajada, decían.

Momento de despertar o disfrutar. Aquí es donde sé que, una vez más, le gané la partida a Roger. Donde me vuelvo a dar cuenta que lo que me dice no es verdad, nunca lo es. Ahora toca disfrutar la bajada, las sombras de los árboles, y “aterrizar” el aprendizaje de esta carrera.

Durante el descenso hago un breve recuento de todo lo que pasó desde el momento en que Matilda dijo que iría a la carrera. Mi interés por la ruta fue menor que mi preocupación por el outfit; mi diligencia por tener todo en orden fue nula en comparación con mi desgaste por prever todos los escenarios posibles en el plano romántico. Pero aquí Roger ha perdido, y en lugar de verme con rabia y coraje, lo hago con ternura. La ternura de ver a un adolescente planeando los movimientos para conquistar a su primer amor.

La lección sigue durante algunos kilómetros, pasa del plano romántico al plano personal. Comienzo a aceptar ciertos miedos con los que convivo y que me rehúso a verlos. Pero en medio del bosque, con la lámpara apagada y completamente a oscuras, no hay razón ni posibilidad para ignorarlos.

Esta lección pasa al ámbito espiritual y me doy cuenta que, aunque sea por algunos momentos, puedo estar realmente mindfulness (aquí y ahora), pues mi mente y mi mirada no pueden estar en otra parte más que en el halo que provoca mi lámpara frontal. Haciendo frente a cada obstáculo. Uno por uno, sin pensar en el siguiente y sin intentar descifrar cuál sería.

Kilómetros más adelante, y a punto de cruzar la meta, recuerdo, una vez más, porqué amo este deporte. La montaña me permite emprender viajes (independientemente de la distancia) de introspección y autoconocimiento donde entre más corro, más me conozco. En definitiva, cada carrera, en mi caso, es un renacimiento espiritual dónde termino, de una u otra manera, con una conexión más profunda conmigo mismo y con la naturaleza. No corro de mí, corro hacía mí.

Ah… por cierto, si se estaban preguntando acerca de Matilda. Roger, una vez más, se equivocaba con las sugerencias. El acompañante tiene novia y ella me estaba esperando en la meta.

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