Ultra Fiord; viaje al fin (o al principio) del mundo

Texto: Marcos Ferro

Foto de portada: Walter Alvial

Podría sonar raro, pero correr en un terreno hostil como el de la región de Última Esperanza, en Chile, me hace sentir como en casa. Esto es porque yo crecí y viví hasta los 18 años en la Patagonia, en una pequeña ciudad del lado argentino. Eso definió mi persona, y sobretodo, mi amor por la montaña.

Cuando se me presentó la oportunidad de viajar del lado chileno de la Patagonia para participar en Ultra Fiord no estaba en mi mejor forma, por no decir que mi entrenamiento había sido casi nulo. En esos meses había estado corriendo por el puro placer de moverme en las montañas, fundamento básico para mí para ser corredor de trail, pero lejos estaba de haber preparado una carrera de estas características con la finalidad de ir a hacer un buen papel. Sin embargo, “jugar de local“ representaba, por lo menos psicológicamente, una ventaja para mí.

“…la violencia del viento, el frío implacable de un clima impredecible y lo remoto e inaccesible de las montañas, lo convierten en uno de los lugares más  salvajes del planeta.”

Sabía que mis piernas responderían bien a un 50K, pero tras analizar las rutas y recordando el consejo de mi colega y amiga Gemma Pla, quien había estado fotografiando la carrera en años anteriores, decidí irme por el 70K, con el riesgo de no acabar o hacerlo a gatas. Esta ruta recorría la zona de los fiordos, que dan el nombre al evento, e incluía atravesar un glaciar por el recientemente bautizado Paso Byron.

Conocí a Gemma en esta misma región en 2008, cuando ambos estábamos fotografiando la Patagonian Expedition Race, una de las carreras de aventura más radicales de la historia, y de las pocas que han sobrevivido a la era dorada de los raids, principalmente, por la tenacidad (o admirable terquedad) de su director Stjepan Pavicic, también amo y señor de Ultra Fiord. Esto podría explicar que hoy en día esta última sea una de las carreras de montaña más difíciles tanto para corredores como para los organizadores.

El año pasado, la muerte del corredor mexicano Arturo Martínez había dejado un amargo sabor de boca, sobretodo en la comunidad de corredores aztecas. Sin saber mucho del caso y sin haber estado presente en esa edición de la carrera, mis pensamientos se quedaron en la conclusión de que correr en montaña tiene riesgos, y en este tipo de lugares, aún más. A pesar de definirlo como “mi lugar en el mundo”, la violencia del viento, el frío implacable de un clima impredecible y lo remoto e inaccesible de las montañas, lo convierten en uno de los lugares más  salvajes del planeta.

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“Durante la entrega de números conocí a Juan Dual, un español de 32 años, que a raíz de una anomalía genética le habían quitado desde los 19 años, el estómago, la vesícula biliar, intestino grueso y el recto.”

Llegué a Punta Arenas al amanecer. Un cielo plomizo y la tensión del aire que precede a la lluvia, hicieron que la salida del sol pasara inadvertida. No tenía mucho tiempo antes de partir hacia donde sería la sede de la carrera, Puerto Natales, así que decidí seguir las huellas de uno de mis ídolos del mundo de la aventura: Sir Ernest Shackleton. Hace 100 años, este explorador irlandés lideró una expedición que pretendía cruzar la Antártida., pero al quedar su barco atrapado en los hielos australes, tal aventura se convirtió en una de las mayores hazañas de supervivencia en la historia de la humanidad. Y fue, justamente, desde Punta Arenas que Shackleton organizó la expedición de rescate con la cual salvaría a su tripulación. Aquí, pude ver una réplica del James Caird (el barco que usó para regresar al continente) y tomarme una cerveza en el Bar Shackleton. Desde luego que éste no existía en aquel entonces, pero el lugar era acogedor y en sus paredes una serie de pinturas relataban didácticamente la aventura del irlandés.

Al día siguiente partí hacia Puerto Natales, y seguía lloviendo. Esta pequeña ciudad, puerta de entrada al Parque Nacional Torres del Paine, se perfuma con un aire de juventud, aventura y modernidad a pesar de su remota situación geográfica. Caminando por sus calles se mezclan las tradicionales fachadas de lata pintadas de colores pastel de locales que ofrecen turismo de aventura, excelentes restaurantes con una amplia oferta gastronómica y tiendas de artesanías donde se encuentran desde imanes para el refri hasta piezas de fina elaboración.

En Natales pasaría un par de días antes de partir hacia la salida de la carrera. Estos días principalmente servirían para vivir “la previa”. Es decir, hacer el chequeo de equipo obligatorio, recoger el dorsal, comprar las últimas cosas, ir a las juntas técnicas y sobretodo, conocer a los otros corredores con los que compartiría la montaña. Porque todos sabemos que lo más valioso de estas aventuras es la gente que uno descubre en el camino.

Foto: cortesía Vladimir Togumi

Una de las cosas interesantes de Ultra Fiord es que, a pesar de que aún es una carrera de “pocos” corredores, éstos llegan de todo el mundo, y algunos destacan por su alto nivel competitivo. En las dos ediciones previas, habían desfilado por aquí estrellas como Xavier Thenevard, Genis Zapater, Manu Vilaseca y Jeff Browning, entre otros. Y este año no era la excepción. En particular el 70K venía supercargado con la presencia de la legión catalana (Pere Aurell, Genis Zapater y Roger Viñas) y con la presencia de la holandesa Ragna Debats, entre la concurrencia femenina. Por supuesto también se dejaron venir algunos “locales” de gran tamaño, como los chilenos Emmanuel Acuña y Veronica Bravo o el brasileño Fernando Nazario.

Además de estos corredores elite, el “start list” incluía a gente igualmente admirable por diversas razones. Durante la entrega de números conocí a Juan Dual, un español de 32 años, que a raíz de una anomalía genética le habían quitado desde los 19 años, el estómago, la vesícula biliar, intestino grueso y el recto. Hace cuatro años había comenzado a correr para recuperarse y encontró en el trail una forma de vivir y recordarnos que nada es imposible. Llevaba alrededor de un año y medio recorriendo Latinoamérica en bicicleta y ahora se enfrentaría a los 50K de Ultra Fiord. Al platicar con él, recordé casi con vergüenza todas las veces que un pequeño malestar estomacal, una ampolla o un leve dolor aquí o allá, nos tienden a sabotear el día. Cuando le pregunté a Juan cómo haría para lidiar con ese tipo de dificultades, simplemente me contesto: “Yo no corro para ganar, para mi comenzar la carrera ya es ganar”.

En ese momento la carrera era lo de menos: ni sentía los clásicos nervios previos, ni las dudas de si usar tal o cual equipo o qué comer antes de la batalla. Ya me sentía un ganador, un afortunado de la vida.

El hotel Costaustralis se volvió mi “casa” en Natales. Desde la habitación, cada mañana podía ver los barcos flotando en las aguas del Canal Señoret, mientras el cielo se pintaba de rosa sobre las cumbres nevadas del horizonte. Rápidamente manoteaba la cámara y corría a cruzar la calle, por si el impredecible clima patagónico ya no me dejaba volver a ver esa postal, para después regresar al acogedor ambiente calefaccionado del lobby –porque el otoño de estas latitudes es frío.

Se acercaba el día de la carrera. Los 70K iniciaban en el Hotel Rio Serrano, justo en la entrada del Parque Nacional Torres del Paine, por lo cual, la tarde previa salimos para pasar la noche allí. Había visto cientos de fotos de las míticas Torres y nunca imaginé que algún día las vería con mis propios ojos. Después de poco más de una hora de viaje llegamos al valle del Río Serrano, que serpentea en medio de una inmensa llanura. Sobre una carretera polvorienta un diminuto vehículo viajaba velozmente levantando una nube dorada con la luz de la tarde, mientras se alejaba del imponente horizonte que formaban Los Cuernos del Paine.

Tratando de mantener el ritmo detrás de una fuerte Ragna Debats en el km 35 de la carrera. Foto: cortesía Vincent Gaudín

A orillas del río estaba el hotel, el cual se construyó orientado hacia aquella espectacular vista. Cuando entré a la habitación y corrí la cortina para volver a ver lo que quizás es de las mejores vistas que existen, recordé las palabras de Juan. En ese momento la carrera era lo de menos: ni sentía los clásicos nervios previos, ni las dudas de si usar tal o cual equipo o qué comer antes de la batalla. Ya me sentía un ganador, un afortunado de la vida.

El momento de la verdad

Desde que confirmé mi asistencia al evento, me había pasado los días tratando de decidir si correría a toda mi capacidad, si correría con cámara en mano fotografiando algunos de los paisajes más impresionantes del planeta o si, simplemente, me dedicaría a fotografiar el evento sin participar como corredor.

Al paso de los días la balanza se inclinó por el siguiente plan: comenzaría corriendo y en el km 30, me esperaría una ligera y compacta cámara dentro del drop bag; dependiendo del desarrollo de mi carrera, decidiría si la agarraría o no.

La mañana siguiente, afuera del hotel, todo era blanco. No había nevado, pero la temperatura había bajado tanto que había helado todo. Salí de mi habitación y crucé el lobby, no había nadie en la salida así que aún me quedaban unos minutos para disfrutar de la zona de ultra confort. El pronóstico del clima, que en estas latitudes no suele ser muy asertivo, anunciaba buen clima. Por lo que decidí salir sin abrigo, sabía que los primeros kilómetros serían fríos pero que en breve y con el pasar de las horas hasta sufriría el calor. Cargué un poco más de agua en mis bidones y, literalmente, salí corriendo desde dentro del hotel.

Crucé la salida cuando la cuenta regresiva llegaba a su fin e inmediatamente me fui a la caza de los catalanes. Mi prioridad ante todo era poder acabar la carrera, no quería arriesgarme al “ataque de la pájara” (como lo llaman los españoles al cansancio fulminante) y terminar caminando a media carrera. Así que decidí irme a paso un poco más suave que la punta. Justo detrás venía Ragna Debas, quien había sido tercer lugar en el último campeonato del mundo de ultra trail –qué gran oportunidad que compartir unos kilómetros con ella–. Intuí acertadamente que Ragna es de esos corredores que se suministran muy bien desde atrás y logran grandes carreras. Así que, por momentos sólo y por momentos con ella, recorrí los primeros 30 km. El error fue salir sin guantes; apenas podía sentir los dedos y me la pasaba resoplando entre las manos ahuecadas para evitar que me dolieran más.

 

Subiendo al Paso Byron con esa porra (Fernando Nazario y Mikel Leal) fue más fácil. Foto: cortesía Vladimir Togumi.

El desnivel positivo acumulado en este tramo era poco, casi nulo. Pero no había un momento que no hubiera lodo que ocultaba troncos y ramas. Los momentos “tranquilos” era cuando había que entrar y salir de lagos con aguas gélidas o bajar por senderos con roca suelta, mezclada con más lodo y agua. Llegamos al puesto de control y abasto en Estancia Balmaceda, lugar del drop bag. La cámara no fue opción pues a pesar de haber corrido esos 30 kilómetros en poco más de tres horas, me sentía muy bien y motivado para enfrentar lo que seguía: una trepada de 1,000 metros para atravesar el Glaciar Balmaceda. Saqué algunas cosas de la mochila para mostrar el equipo obligatorio, cargué los crampones en la mochila y tomé un poco de Coca y sopa para llenar el tanque.

Ragna salió un poco antes que yo y en la subida “aceleró la máquina”. No la volví a ver. A partir de entonces, comencé a alcanzar muchos de los corredores que habían salido un día antes, en su aventura por cubrir los 100 o los 160 kilómetros. A pesar de estar en medio de la nada, me alegró enormemente ver las caras conocidas de Gemma, Mikel Leal y el brasileño Nazario, con quienes ya había corrido 50k el día previo. Poco a poco ganaba altura y la vegetación iba desapareciendo. En estas latitudes, por encima de los 1,500 metros sobre el nivel, la vegetación se limita a algún que otro pasto necio que crece con dificultad entre las rocas y la nieve. La subida hasta el sector de morrena (las zonas rocosas que preceden el glaciar) fue algo lento, no tanto por el cansancio, sino porque el paisaje era impresionante y me obligaba a voltear una y otra vez. El Glaciar Serrano cayendo por el Monte Balmaceda entre fiordos y lagos, árboles de lenga, coihues y ñire que en esta época del año, entrando el otoño, toman colores que van desde el amarillo, naranja y hasta el morado. El sol brillaba con fuerza, y los colores parecían vibrar aún con mayor intensidad. El verde de la las turbas y los matorrales se fue extinguiendo poco a poco, primero en fusión con la blanca nieve que comenzaba a mojar los tennis, y luego desaparecieron completamente al legar a la zona de alta montaña.

Entre un grupo de corredores que rebasé, escuché alguien pronunciar con raro acento mi nombre. Era Vincent Gaudín, un periodista francés con quien había compartido mi habitación en Puerto Natales y quien participaba haciendo los 160 kilómetros. Por suerte él sí llevaba una pequeña cámara (hombre sabio) y justo en ese maravilloso paisaje, alcanzó a dispararme un par de fotos. El mejor regalo que he tenido en años.

Subiendo hacia PC Chacabuco. Foto: cortesía Vincent Gaudín

Después de los varios kilómetros de lodo, troncos, ramas y densa vegetación rastrera, al llegar a la zona de rocas, las ganas de soltar las piernas eran inminentes, sin embargo, tampoco era tarea fácil. Una ligera capa de nieve cubría la superficie de las rocas y era más difícil adivinar tras cada zancada si estaban firmes o no. El trote se volvía intermitente y por lo tanto, más cansado. Llegábamos así a la zona del Paso Byron, un paso de montaña descubierto por Stjepan durante el diseño de la ruta de Ultra Fiord, y que sin duda es uno de los tramos más emblemáticos de la carrera. Éste precede el paso del Glaciar Balmaceda. Un tramo de cuerdas fijas, en un descenso vertical y técnico, representó por unos minutos una parada obligatoria para todos, y otra buena oportunidad para mirar el paisaje una vez más.

Debido al clima caluroso y seco de los últimos días, el glaciar carecía de hielo, lo cual por un lado lo hacía más seguro ya que las peligrosas grietas quedan al descubierto y es más fácil sortearlas. Pero por otro lado, al no tener nieve en la superficie, desplazarse se vuelve más difícil y es fundamental el uso de los crampones. La pendiente era pronunciada y obligaba al lento pero seguro zigzagueo. Después de pasar una canaleta con cuerdas fijas, salí repentinamente a la cima para descubrir un paisaje que nunca olvidaré. Eran las primeras horas de la tarde y el sol pegaba con fuerza, rebotando en la nieve. Todas las cumbres del Parque Nacional Torres del Paine, torres plateadas de roca impoluta, nacían de entre grandes lagos llegando a tocar el cielo.

La meta estaba en Estancia Perales, y para ser sincero, estaba llegando con las últimas reservas.

Al pie de las grandes grietas que había que sortear, estaba Jordi Tosas, que parecía disfrutar cada segundo de esa descomunal vista. Su rostro curtido por el sol, su sonrisa imperturbable y su tranquila pero contundente presencia transmitían confianza en el comienzo de la bajada. El sol había ablandado un poco la superficie del glaciar, y me solté a toda máquina entre zancadas largas y resbalones, la mayoría resueltos dignamente a pié.

Poco más adelante llegué al PC Chacabuco y el cansancio se empezaba a notar. Por fortuna para mí, en el siguiente PC, El Salto, a pocos kilómetros de bajada, había galletas, té y carbonada (una especie de sopa espesa, grasienta y en ese momento, revitalizante). No me importó sentarme unos minutos con los muchachos del abasto antes de seguir la marcha.

Los últimos 20 kilómetros antes de llegar a la meta, al igual que al inicio de la carrera, eran aparentemente “planos” en la altimetría. Pero también tenían una alta dosis de lodo y más turba. Por momentos, el sendero era compacto y limpio, que dejaba correr a buen ritmo y soltar las piernas. En tramos, el reloj marcaba 4:30”/km y hasta se sentía bien correr a ese ritmo aunque fueran unos pocos minutos antes de volver a brincar un charco o hundirse hasta la rodilla en la turba.

El sendero se extendía junto al pequeño arroyo de un bosque que parecía haber sido limpiado especialmente para la carrera, pues más allá de arboles rectos y perfectamente espaciados, no había muchos arbustos ni otro tipo de vegetación. Los glaciares y las altas cumbres eran evidentemente lo más impresionante, pero cada rincón de esta ruta tenía su encanto y cada vez más extrañaba la cámara que se había quedado en el 30.

La meta estaba en Estancia Perales, y para ser sincero, estaba llegando con las últimas reservas. La tarde comenzaba a caer y mi reloj al igual que yo, se había quedado sin batería. Sin saber cuanto faltaba, me prometí a mi mismo cruzar la meta con luz de día, más que nada porque parar a quitarme la frontal de la mochila me daba mucha pereza.

Apreté el paso cuando comencé a ver rastros de vacas y corrales de ganado, señal de que una estancia estaba cerca. Al pasar una pequeña colina, un drone comenzó a sobrevolar mi cabeza y sabiendo que esos bichos no pueden andar muy lejos de su dueño, supe que la meta estaba a la vuelta de la esquina. Sería alrededor de las cinco de la tarde, porque recuerdo el color dorado de las gotas que volaban por el aire, cuando entré a toda velocidad chapoteando en el agua, en un último río que sirvió para quitarme el lodo de las piernas y mojarme la cara asegurándome que estaba despierto.

Han pasado ya unos meses, pero recuerdo ese día como si fuera ayer, a diferencia de que ahora sí siento las piernas. Esos 70 maravillosos kilómetros que nunca olvidaré, y que espero algún día poder volver a correr, ahora sí, con una cámara.

¡Meta! Foto: Vladimir Togumi”

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